EL DIA DE LOS MUERTOS
Capítulo II
Extracto de "Torcuato el elejido"
Una semana antes del primero de noviembre, la gente de este pueblito, y de todos los pueblitos de este valle, se preparaban para la fiesta de los muertos, sacrificando sus animales, para realizar el gran negosio que les permitía respirar económicamente por algunos meses. Las cachangas, los sánguches, como les llaman en esta zona norteña, (sándwich) de pavo, de pollo, el caldo de gallina, el arroz con pollo, el aguadito de gallina, la jalea, cebiche, el famoso potaje de cabrito, los chifles, majao de plátano, la malarrabia, el pepian de maiz, el chiringuito, la famosa chicha de jora fermentada en grandes tinajones bajo la arena del desierto por mucho tiempo, la marinera, la música para alegrar la fiesta de los muertos en estos lares norteños.
El cementerio lejos de pueblito bordeado de quincha y barro, salía de su habitual silencio sepulcral para dar paso a la tradicional fiesta de los muertos. La gente comenzaba a transportar los rudimentarios utensilios de cocina, las mesas, las ollas de barro cocido, las cucharas de palo, los morteros y otros, como los beduinos del desierto, pero a lomo de bestia, los burros......
www.hnorodolfo.com
La brisa levantaba polvareda, y jugaba entre los pequeños remolinos de arena en esta tarde de crepúsculo y de murmullos de la gente que venía a dar culto a sus muertos con ofrendas de flores y de potajes que en vida gustaron al difunto.
Las plañideras que lloraban por efecto de las cebollas que ocultaban bajo el velo negro, acompañando a las familia que venias de las grandes ciudades, que les pagaban, y les invitaban los potajes preparados por la gente de este pueblito miserable que según ellos este era un gran negocio en este día de los muertos. Plañideras todas vestidas de negro como todos de este valle del Chira en este día solemne, de recuerdos tristes y humorísticos de la vida de los difuntos.
Muchas gentes después de la ceremonia se regalaban con la buena sazón y los buenos potajes típicos de esta zona del norte peruano, la algarabía, los reencuentros, las lágrimas y los recuerdos alegres y tristes de la vida. Al caer la noche se prendían mecheros a kerosene y velas hechas de sebo de chancho que daban un olor fuerte y pestilente. El Humo negro se confundía con la oscuridad de la noche, y las luces de sus débiles flamas daban un aspecto lóbrego y macabro distorsionando las siluetas negras de la gente que oraba y lloraba en este cementerio de cruces de troncos de algarrobo plantados sobre la arena donde se había enterrado al difunto.
La noche era pesada y la atmosfera se saturaba del olor de las velas echas de sebo de chancho y del palo santo, muchos dormían por efecto de la chicha y la opípara comilona, y otros por el cansancio sobre la arena, o sobre las tumbas transportados a las dimensiones del sueño en contacto con sus seres queridos más allá del tiempo y del espacio.
El tiempo pasaba lentamente, a lo lejos los cantos de los gallos, el mugir de las bacas, el rebuznar de los burros, y el meee de las cabras anunciando el alba con los primeros rayos de sol que sacaban de los brazos de Morfeo a los deudos en esta fiesta de los muertos.
La gente, comenzaba a ensillar los burros para trasportar de nuevo sus trastos, ollas, utensilios de cocina, y otros, para regresar a su querido pueblito, al vaivén de una vida monótona sin futuro, entonando algunas canciones como (cementerio), y otra como:
De Cesar Miró
TODOS VUELVEN
Todos vuelven a la tierra en que nacieron,
al embrujo incomparable de su sol,
todos vuelven al rincón donde vivieron,
donde acaso floreció más de un amor.
Bajo el árbol solitario del silencio,
cuantas veces nos ponemos a soñar,
todos vuelven por la ruta del recuerdo,
pero el tiempo del amor no vuelve más.
El aire que trae en sus manos,
la flor del pasado, su aroma de ayer,
nos dice muy quedo al oído,
su canto aprendido al atardecer,
nos dice su voz misteriosa,
de nardo y de rosa,
de luna y de miel:
//que es santo el amor de la tierra,
que triste es la ausencia que deja el ayer//
Otros, regresar a las grandes ciudades, donde realizaron sus sueños, y establecieron sus vidas como emigrantes. El cementerio cercado de quincha y barro, se iba quedando solo con sus muertos, con sus cruces de troncos de algarrobo adornadas con guirnaldas de flores, y con algunas velas que humeaban todavía en este amanecer,
El caballo blanco de Torcuato amarrado a un arbusto, esperaba paciente y dócil a su dueño, que había esperado que toda la gente se fuera del cementerio y estar solo en este día de los muertos cerca de sus queridos padres. Desnudo cobrizo por los ardientes rayos de sol, aferrado a las dos cruces, gemía y las lágrimas brotaban de sus ojos negros como la noche. Que sentimientos y recuerdos lejanos conmovían en este día la naturaleza de Torcuato, como controlar su impotencia de sentirse solo en este mundo, lejos del entorno de una existencia que no comprendía, ni aceptaba, refugiándose en su mundo mental, en sus experiencias, y vivencias de ser, más allá del tiempo y del espacio.
Sus lamentos trascendían más allá del cerco de quincha y barro del cementerio, se iban con la brisa, y se perdían entre las dunas del desierto buscando las respuestas en los brazos del silencio. Torcuato estaba como una crisálida presto a romper el cocón, para realizarse en esta su existencia, tomar consciencia del entorno, y de su realidad como hombre. Su naturaleza, ya no podía soportar tanto sufrimiento, angustia, soledad, y de vivir una vida vacía y sin sentido.
Debía acaso Torcuato tomar una determinación para dar este salto cuántico y trascendental, en medio de un torbellino de emociones y sentimientos que lo traicionaban y lo hacían caer en la depresión de de la cual muchas veces no podía salir, encerrándose en su choza de quincha y barro, perdido en sus pensamientos, lejos de su cuerpo material, en una dimensión mental, que lo sumergía en una obscuridad, como una prisión, de la que muchas veces no podía retornar.
El tiempo no pasaba en la mente de Torcuato aferrado como un Cristo entre las cruces de sus padres, extrañaba el amor paternal, incondicional, las caricias y los mimos que le hacían mucha falta durante su infancia y adolescencia. La tarde languidecía lentamente dando paso al crepúsculo que teñía las dunas del desierto, el valle, y a lo lejos, las colinas, los cerros, los algarrobos, de colores y de nostalgias, de algo que se hubiera perdido en el tiempo. Los sonidos y ecos lejanos iban desapareciendo en este atardecer que perdía su encanto en la medida que el lado oscuro del tiempo embrujaba a su capricho las sombras de la noche, invadiendo la atmósfera de tristeza y melancolía.
Torcuato, saliendo del trance y de su mundo interior, como movido por una corriente eléctrica se puso de pie, con una determinación que emanaba por todos sus poros, respiró profundamente levantando los brazos hacia el cielo, desnudo, cobrizo, este hijo del sol, con su cabellera larga, negra azabache como implorando a la naturaleza, como los ancestros los Tallanes, se iba confundiendo con la oscuridad de la noche, saliendo en dirección de su fiel caballo blanco que lo esperaba dócil a la salida del cementerio de quincha y barro.
Monto su caballo y se dirigió hacia el desierto perdiéndose entre las dunas, para buscar el camino hacia la libertad que tanto ansiaba, y que en este cementerio, al lado de las tumbas de sus padres, donde tomo la firme determinación de buscar y resolver el misterio de su existencia, de su vida y de su mundo interior........